"Nunca hubo un monumento de cultura que no fuera un monumento de barbarie. Y así como la cultura no está exenta de barbarie, no lo está, tampoco, el proceso de transmisión de la cultura. Por eso, en la medida de lo posible, el proceso histórico se desvía de ella. Considera la tarea de comprenderla como un cepillar de la historia a contrapelo" WALTER BENJAMIN

viernes, 27 de febrero de 2009

La solidaridad como herramienta


Ser solidario. Pensar en los demás. Anteponer el nosotros al yo. Estar en las antípodas del egoísmo. Mirar al contexto. Compartir con quien tiene menos o simplemente compartir. Cuestiones básicas que son aprendidas desde lo más tierno de la infancia en casa. Muchas son parámetros para ser buena o mala persona. Son mandatos sociales para poder desarrollarse en una sociedad y cualquiera a quien se pregunte tomaría a todas para sí. Nadie se referiría a sí mismo egoísta, tacaño o mala persona.
De la misma manera una sociedad se jacta de ser solidaria cuando moviliza para grandes campañas o colectas un sinnúmero de alimentos y bienes ante una catástrofe o simplemente alguna colecta anual. La historia de este país no deja mentir a una sociedad y un Estado que supo hacerse cargo de los pobres o menos afortunados, cumpliendo de esa manera una de las tareas de un gobierno.
Con el tiempo, la ayuda social y los trabajos de reinserción en la sociedad se volvieron francamente insuficientes con el crecimiento de la marginalidad y la falta de empleo que abarrotó al país con el asesinato de la industria a cargo del menemismo y sus posteriores. La pobreza se disparó y muy lejos de reformar el sistema y tratar de mejorar esta situación de emergencia, la cultura de las cuotas y de los viajes al exterior hicieron magnificar un viejo sentimiento minoritario que vio la luz en los primeros años del peronismo: El egoísmo social.
Los conceptos que antes podían elucubrarse en las clases altas, comenzaron a copar las clases medias venidas a menos por culpa del mismo gobierno que imponía estas frases como sesgo de la política de “dividir y gobernar”; es decir que si la clase trabajadora y la de posición media se juntaban en un reclamo con los más pobres, la bomba de tiempo detonaría en las manos de los hombres del neoliberalismo. Entonces, hacerlos pelear entre ellos era la solución para aquel gobierno. Las frases pronto comenzaron a escucharse: “Les pagan por no hacer nada mientras yo me deslomo y casi no puedo comer”, “son todos unos vagos y chorros que viven del Estado” o el inefable “trabajan de pobres, tienen varios planes y con eso ganan más que yo; después van a un par de manifestaciones y listo”.
También fue trocado el concepto de redistribución de la riqueza. Se sigue escuchando aún hoy que no existe por parte de este gobierno un plan para ayudar a los más necesitados. Un plan para redistribuir lo que del Estado recauda no tiene que ver con dar limosna ni entregar dinero por nada. Una familia que vive en un barrio clase media de la Ciudad de Buenos Aires no debe ser medida ni reclamar redistribución para ellos (aunque de hecho algunos planes los tienen como destinatarios), siendo que son ellos mismos los que se horrorizan cuando nace algún bebé desnutrido en alguna otra parte del país (porque si decimos interior, ¿cuál es el exterior?).
Nadie dice que la redistribución solucione todo de la noche a la mañana. De hecho es un trabajo que llevará muchos años y muchas presidencias, sean estas de cualquier sesgo político o ideológico. En una época donde se discute tanto el destino de los impuestos y algunos actores de la economía nacional quieren imponer en la opinión pública cuánto es suficiente para vivir y cuánto es ambición desmedida, sería bueno volver a pensar que muchos en este país pasan muchas necesidades y sufren el hambre, y que darían cualquier cosa por tener un trabajo para alimentar a sus hijos y no tener la incertidumbre de si van a poder responder cuando sus hijos les digan “tengo hambre”.
Sería demasiado aventurado decir que la sociedad argentina está enferma de egoísmo, pero como mínimo tiene contradicciones terminales en su seno. Es obvio que visiones erróneas como igualar la inseguridad con la pobreza, o la vagancia con la ayuda social, distorsionan la visión de los ciudadanos de un país que se hizo grande gracias a la cultura de la solidaridad social. Porque siguiendo algunos de estos conceptos, los inmigrantes que vinieron al país habrían sido expulsados, o se le habría negado la jubilación a una persona cuyos patrones nunca le aportaron dinero a la Caja y se lo guardaron en el bolsillo.
En un sistema siempre puede haber fugas o equivocaciones, pero si un hombre o mujer tiene para alimentar a su hijo y ampliarle el abanico de oportunidades en la vida con ello, el objetivo está cumplido. Porque el futuro de nuestro país también depende de ellos.

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