"Nunca hubo un monumento de cultura que no fuera un monumento de barbarie. Y así como la cultura no está exenta de barbarie, no lo está, tampoco, el proceso de transmisión de la cultura. Por eso, en la medida de lo posible, el proceso histórico se desvía de ella. Considera la tarea de comprenderla como un cepillar de la historia a contrapelo" WALTER BENJAMIN

lunes, 15 de diciembre de 2008

La infancia de la democracia


Son muchas las alegorías a la democracia que se han hecho esta última semana. No era para menos, es la primera vez, tras un siglo XX lleno de interrupciones militares o fraudulentas, que se cumplen 25 años ininterrumpidos de este sistema de gobierno. Se han escuchado a muchos hablar de una construcción colectiva para la maduración de la sociedad en democracia y el fortalecimiento de las instituciones. Incluso se ha repetido hasta el cansancio la famosa frase de Churchill que rezaba: “La democracia es el sistema más imperfecto del mundo, excepto todos los demás”. Pero no siempre la democracia fue reconocida como esa fuente de infinita virtud como se proclama en nuestros tiempos, ni siquiera tuvo que ver con la libertad o la igualdad como se nominó en su reencarnación moderna. Se puede decir que la democracia tuvo una infancia difícil.
Para buscar los orígenes de la democracia es necesario remontarse a la antigua Grecia. Los primeros ciudadanos se encontraban en el Agora (una especie de plaza central de las ciudades) y allí definían a mano alzada todas las iniciativas presentadas para su gobierno. Este ejemplo de democracia directa no era tal, ya que bajo las manos alzadas de quienes eran considerados ciudadanos se encontraban los esclavos que no gozaban de una libertad democrática, las mujeres a quienes no se les pasaba siquiera por la cabeza ejercer el derecho de elegir y tampoco todo hombre que no fuera jefe de familia o no era habilitado a votar. Es decir que la cuna de este sistema se vio viciado por la esclavitud, la aristocracia y la desigualdad como algo totalmente aceptado por la sociedad.
En su segundo nacimiento, una especie de reencarnación en la era moderna, la democracia se vio inmersa en la convulsión de la Revolución Francesa. Por una lado, se encontró con una nueva era económica basada en el poderío de la burguesía y los primeros intentos de establecer un mercado. Esta coyuntura provocó que las tres palabras que funcionaron como el lema de la revolución como Libertad, Igualdad y Fraternidad, sufriera una fisura ni bien iniciada en los caminos de la política contemporánea. Porque a mayor igualdad de oportunidades entre los ciudadanos, mayor intervención estatal para que así sea y determina una menor libertad. De la misma manera si un Estado se retirara de la contienda y dejara en libertad las acciones individuales, la igualdad se vería hecha añicos ante la intervención de la mano visible del hombre.
Por el otro lado, la novel democracia tuvo en su primera experiencia fuera de la monarquía francesa con un baño el baño de sangre que le infundió la era termidoriana a quienes consideraban del antiguo régimen. Algo así como cortar de raíz a todos los participantes del gobierno totalitario, para empezar un nuevo sistema que terminaría en un primer fracaso. Y todo en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Los hechos de mediados del siglo XX, donde varios presidentes constitucionales cometieron atrocidades en la Europa central de aquella época, sumados a los presidentes de nuestros tiempos que en nombre de la democracia occidental y la libertad han ordenado el bombardeo de países y la muerte de miles de inocentes; todos comenzamos a preguntarnos si es la democracia el sistema correcto para vivir en libertad y en la plenitud de sus derechos.
La democracia por si sola nos muestra una estructura de relaciones a la que se debe llenar de contenidos. Este sistema fue permeable a las distintas épocas y los distintos políticos no por ser imperfecto, sino porque no es una fuente de valores o formas de comportarse; todo eso lo debe emanar la sociedad y estar atenta a los cambios de ética y valores que se dan constantemente. Es por esto que no se debe echar culpas a la democracia de todos los males que nos aquejan, ni endiosarla hasta la alineación cuando se cumplan los muchos años más que esperamos vivir en democracia. La verdadera democracia es construida entre todos y con los actos más inverosímiles. La responsabilidad es nuestra y debemos trabajar para que ese esqueleto se nutra de valores y doctrinas que nos nutran a la vez a todos como sociedad.

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