"Nunca hubo un monumento de cultura que no fuera un monumento de barbarie. Y así como la cultura no está exenta de barbarie, no lo está, tampoco, el proceso de transmisión de la cultura. Por eso, en la medida de lo posible, el proceso histórico se desvía de ella. Considera la tarea de comprenderla como un cepillar de la historia a contrapelo" WALTER BENJAMIN

lunes, 8 de junio de 2009

El mito de la eterna juventud



Lo más importante de todo es estar siempre fresco. Un viejo publicista daba visiones de la realidad política de este tipo, mientras los más jóvenes miraban azorados a un hombre que tenía al público asistente siguiendo cada uno de sus movimientos y sus palabras sin recurrir de a una presentación de Power Point o sin siquiera tener una imagen detrás a la cual referir con un puntero láser. El veterano hombre de la publicidad (en este caso propaganda) afirmaba que para llevar adelante una candidatura se debía recurrir a los dos preceptos básicos de la publicidad, “lo nuevo y los chicos venden más que nadie”. Y pareciera correcta la afirmación de este anciano francés, ya que las ideologías y sus partidos deben pelear contra el paso de los años para mantener a sus propuestas frescas, del lado de lo novedoso y siempre desdeñando las viejas ideologías asemejándolas a la cultura jurásica.
Propongamos explorar esta vieja receta en la historia argentina con el correr de los años. De esta manera, se hace menester comenzar por los jóvenes hombres de la generación de 1810, que vinieron a insertar las ideas de la Revolución Francesa en nuestras tierras en detrimento del viejo absolutismo español que ya olía a naftalina. Aunque tenían claro que el apoyo a dicha revolución tenía el color del dinero inglés, ya que no se podía comerciar con aquel país por miedo a ser acusado de alta traición a la corona española. Pronto estas ideas sucumbieron ante el desorden y la crisis económica, que vinieron a sanear los grandes caudillos totalitarios, encarnados en aquel Juan Manuel de Rosas como el “restaurador de las leyes”. Su gobierno totalitario y violento, en concordancia con las épocas que vivíamos los argentinos; también pasaron a la antigüedad y la barbarie en dichos de los autodenominados liberales de la generación de 1880. Una vez más, pasaron 25 años de aquellos gobiernos democráticos para pocos y todos aquellos grandes transformadores y modernizadores de la Argentina, también cayeron ante el mote de conservadores. Otras voces nacionales e importadas de las oleadas inmigratorias europeas se hicieron presentes en el escenario político y les daban los primeros dolores de cabeza a la oligarquía que gobernaba el país y se enriquecían con el modelo agroexportador. Una nueva figura se hacía presente como actor de la modernidad y la industrialización, el obrero fabril. De la mano de este fenómeno comenzaron a florecer gobiernos populistas que tenían sustento en la gran cantidad de trabajadores fabriles que se multiplicaban en las grandes urbes del país. Ya instalado el voto secreto, universal y obligatorio; el fraude fue un protagonista menor en los años que vendrían.
A principios de los `70 comienza a popularizarse una nueva visión del Estado y su administración que, casualmente casi 100 años después renueva el nombre de liberales, amantes fieles de la liberalización del mercado económico y el control férreo de la política y de los ciudadanos. Lo curioso de este caudal juvenil era que se referían a los gobiernos populistas como “fascistas o fachos” en notoria referencia a los fascis di combattimento, el grupo de choque de Benito Mussolini, que dio origen a los grupos denominados camisas pardas.
Con la llegada del nuevo siglo y la sentencia final que el liberalismo desmedido y la obscenidad de un sistema financiero que llenó al mundo de una riqueza irreal que desembocó en una de las mayores crisis económicas de sus historia (aunque en Argentina los coletazos no se sientan demasiado), aquellos hombres que vendían un Estado eficiente y mínimo con respecto a la intervención económica, se convirtieron en viejos dinosaurios a los que se denomina justamente “fascistas o fachos”. Ahora, yo me pregunto ¿cómo llegamos a esto?
Dicho todo esto, utilizar palabras como renovador, agente de cambio, propuestas nuevas, la juventud que viene a cambiar algo o progresistas y desarrollistas; suena tan a viejo como las antiguas consignas de 1789 “libertad, igualdad y fraternidad”. En este mundo donde las ideologías se han cruzado tanto y la vieja tercera vía parece refuncionalizarse y ser en su versión moderna el paradigma a utilizar, hablar de modernidad comienza a sonar a viejo.

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